martes, 26 de mayo de 2026

Al universo le vale madres que pienses positivo.

En el capítulo tres de la segunda temporada de Breacking Bad el protagonista Walter White comienza su quimioterapia por el cáncer de pulmón, al final de la sesión una empleada le entrega una factura por trece mil dólares si mal no recuerdo, y le da un pin de solapa, que dice "HOPE is the best medicine" la esperanza es la mejor medicina -le dice- apoyándole condescendiente, mano sobre mano. Walter la mira y le dice: "¿En serio?" Y al salir tira el pin la cesto de la basura.
Esto parece broma especialmente en el país donde la mejor medicina es tener dinero, pero no es broma es pensamiento positivo aplicado a la salud o a los negocios que ya hoy día, son casi lo mismo.
 En Enero de 2014 escribí  "Aunque las mentiras parecen verdades..."
en esa nota la emprendí contra el pensamiento positivo que era como una piedra en mi zapato filosófico  desde hace tiempo. 
El pensamiento positivo es presentado como algo natural y sano, a lo que deberíamos aspirar. Y ya sabemos que cuando algo es natural no se cuestiona. Pero nuestro trabajo es cuestionarlo todo, sacar las capas de verdades a medias, o de mentiras lisas y llanas, y ver qué hay abajo, y ver a quienes conviene que las cosas sean como son y no sean de otra forma. 
El moderno pensamiento positivo nació en los Estados Unidos, de la mano de la religión con origen en el calvinismo, después se traslado al área de la salud donde aún hoy se sigue usando y así es que muchos pacientes con enfermedades terminales, son entrenados para pensar positivo y cultivar la esperanza , ya que dicen "el buen humor y las sonrisas curan". Muchas veces se les niega la posibilidad de transitar con dignidad la angustia, que si es natural ante lo inevitable. 
Pero también el pensamiento positivo se mudó al mundo de las empresas y los negocios donde abundan los "coach" que tanto entrenan al personal para crear ambientes laborales con el mínimo de fricción, des-perzonalizados, sin reclamos ni conflictos, aspiran a crear  "colaboradores" pro-activos, dispuestos a ponerse la camiseta de la compañía; como aleccionan a los descartados de las organizaciones,  a los despedidos, los desocupados para que vean su situación como una oportunidad para mejorar y nunca pero nunca cuestionen los condicionantes socio económicos de su situación.
Para el filósofo Friedrich Nietzsche el pensamiento positivo es un mecanismo de autoengaño lo consideraba una peligrosa ilusión consoladora que niega el dolor inherente a la vida, para Nietzsche el hombre debe abrazar al dolor, el sufrimiento, el caos y la incertidumbre, desde dónde mediante la voluntad de poder se logra la superación personal. "Lo que no nos mata, nos hace más fuertes", diría Nietzsche.

Todo pum para arriba, pero esto de  natural no tiene nada; el pensamiento positivo es ideológico y favorece al capital, al mundo liso de los mercados donde los flujos económicos se deslizan sin las molestas interrupciones del factor humano.  
Barbara Ehrenreich autora de Sonríe o muere (La trampa del pensamiento positivo); dice "Ser positivo no es un estado de ánimo sino una construcción ideológica"
Plantea como ejemplo el típico caso del vaso medio lleno o medio vacío:
 Si pensamos positivo y vemos el vaso medio lleno significa que el mundo vá  bien e irá mejor, si así fuera no haría falta que pensemos positivo. Pero el mundo no es ese lugar ideal donde todo marcha de maravillas, a la vista está. Y por mucho que nos esforcemos mentalmente, la mente no inside sobre la materia en el mundo real.
La autora propone que el pensamiento positivo es una ideología afín al capitalismo: "en la sociedad de consumo -explica- las personas desean todo tipo de bienes todo el tiempo, y el pensamiento positivo está ahí para decirles que eso que desean y quieren; es lo que merecen". Y eso que merecen pueden tenerlo solo con desearlo y estar dispuestos a hacer el esfuerzo por conseguirlo. 
Así el optimismo basado en la disciplina del pensar positivo se convierte en la base del éxito material. Todo en esta sicoesfera discursiva remite al individualismo. 
Ya no hay escusas para el fracaso.
Las situaciones históricas, políticas, sociales y económicas, los condicionantes y determinantes de la vida de los individuos se diluyen en una retórica de sonrisas de selfie.
 En última instancia ,según la autora, el pensamiento positivo nos lleva a sacar de nuestro entorno  a las personas negativas o quejosas, lo cual sería la confirmación de que más ayá del mundo de sonrisas que nos fabricamos,  existe un mundo real con personas y emociones reales, del cual nos aislamos porque no reflejan la imagen que queremos ver.   Cambiar el mundo es un trabajo muy arduo y largo. Mejor cambiar nuestras percepciones, la forma de pensarlo, hay una relación con cierto estoicismo mal entendido, muy de moda también que dice no puedo cambiar el mundo pero puedo cambiar mi percepción, y relacionado también con la resiliencia esa palabrita del siglo XXI que se mudo rápidamente del mundo de la sicología donde se aplica a los sujetos que atraviesan un duelo. 
En la sicología la resiliencia puede ser muy útil porque ayuda al sujeto a adaptarse ante lo inevitable como puede ser una muerte, un divorcio. ¿Qué es sino el duelo? La mente adaptándose a la nueva situación donde esa persona que fue muy importante ya no esta físicamente y el proceso de adaptación lleva tiempo y duele. En el duelo cada día volvemos a repensar nuestra relación con la persona perdida y poco a poco se va reconfigurando la estructura que nos permite seguir viviendo, la resiliencia está bien ante lo inevitable de la vida.
Pero las relaciones sociales y económicas no son inevitables sino que son construcciones colectivas que pueden y deben ser modificadas y adaptadas a las necesidades humanas y no al revés. 
Cómo plantea el filósofo Karl Marx son las condiciones materiales de vida las que determinan la conciencia, no lo contrario. 
La época en que Marx desarrollo su pensamiento, su enfoque materialista para la teoría social y económica, fue el siglo XlX, momento marcado por una profunda confianza positivista en la ciencia y el progreso. Auguste Comte inaugura está corriente positiva original que explica lo social con las mismas reglas de las ciencias naturales, Marx se opone a este punto de vista por considerarlo superficial y que no tiene en cuenta las interacciones humanas. Este positivismo originario consideraba a la ciencia como portadora de todo lo bueno, la verdad y el progreso. Y esa idea perduró quizá hasta el siglo XX y sus dos guerras mundiales, el desarrollo de armas nucleares capaces de destruir la vida sobre la tierra y si algo quedaba de esa fé ciega en las ciencias y el progreso basta con ver en este siglo  XXI,  dónde nos ha llevado,  el desarrollo de la inteligencia artificial, que amenaza nuestro futuro humano y a la que aparentemente somos incapaces de ponerle límites.
Un niño en una mina de cobalto en la República Democrática de Congo llenando bolsas de mineral (que se transformará, en el primer mundo en tecnología, principalmente autos eléctricos.) en jornadas agotadoras y condiciones de trabajo de servidumbre, difícilmente pueda cambiar su situación con pensamientos positivos y decretando sus aspiraciones al universo. 

El sicólogo español Buenaventura del Charco Olea autor de los libros  "Hasta los cojones del pensamiento positivo" y "Te estás jodiendo la vida (Olvídate de tu mejor versión y sé tu mismo)", plantea en el primero que el pensamiento positivo es una trampa que nos conduce a la enfermedad mental porque nos obliga a reprimir emociones que son naturales en determinadas circunstancias, por ejemplo ante la muerte de alguien cercano; la tristeza la angustia, el miedo, la incertidumbre son reacciones humanas perfectamente entendibles y aunque hubiera una receta para saltear las etapas emocionales del duelo por la perdida; lo sano no es saltearlas sino transitarlas. Y aclara que no se refiere a transitar las etapas de un duelo con la lógica productivista de este tiempo que nos dice que de toda experiencia podemos hacer un aprendizaje, y conseguir por lo tanto una "ganancia", no. 
He perdido a alguien que quiero, se ha muerto, y no quiero hacer ni sentir que no ha pasado nada, no quiero ser positivo, no quiero que sea un aprendizaje que me deje una gran lección de vida y entonces en el balance de los costos y beneficios esa persona que quiero solo sea una entrada contable. Esa persona me importa y por eso estoy triste, angustiado o temeroso del porvenir. Estoy en duelo no se si voy a poder seguir viviendo con mi perdida. Duelar es un proceso.
Y reclamo mi derecho a que no sea reprochable tener  pensamientos "no positivos" cuando, el mundo es también un lugar peligroso e injusto y nos pasan cosas horribles.
En conclusión el pensamiento positivo es un discurso ideológico que favorece al mantenimiento del Status quo de la economía de mercado, fomentando el deseo. 
El deseo es el camino contrario a la felicidad, para el Budismo el deseo es la causa principal del sufrimiento, es lo que nos ata al mundo material y nos impide el crecimiento hacia la iluminación. 
Los deseos son espejismos, autoengaños o ilusiones que  inventamos para evitarnos ver ayá adelante la presencia permanente de la muerte. 
Pero por más espejismos que aceptemos la muerte es real y está ayá en el fondo. Esperando  hasta al más optimista de los emprendedores. 
Habría que preguntarse si no es acaso el deseo desatado lo que nos hace vivir vidas atormentadas por carencias, escaseces e infortunio.
Schopenhauer proponía entre otras, una alternativa interesante, la práctica de la compasión. La palabra compasión tiene origen en el término latín compassio que significa sufrir juntos, padecer con el otro, compartir el dolor. 
La compasión nos des-centra. No sé si existe la palabra des-centra, pero expresa mi idea de salirnos de uno mismo, dejar de mirarnos tanto el ombligo, dejar de creer en el imperativo de una felicidad permanente que nadie nos prometió.
Dejar de creernos el centro de algo,  decretando  deseos que creemos merecer ante un universo ciego sordo y mudo.




Alejandro Ovejero
Mayo 2026

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