lunes, 5 de enero de 2026

Hemingway y su manía con los viejos


Este es el epigrafe de la novela de Ernest Hemingway "Por quien doblan las campanas", tengo una edición de 1985 del Círculo de Lectores. Mi mamá me había asociado al Círculo porque a mí me gustaba mucho leer, y aunque no nos sobraba nada mi mamá trabajaba para darnos algunos gustitos, entre otras cosas que todos los meses yo recibiera uno o dos libros elegidos de un catálogo políticamente correcto, para la época. Nunca iba a leer comprando en el círculo: El Capital de Karl Marx o La conquista del pan de Piotr Kropotkin, pero estaba bien para la adolescencia. Y está bien para ahora que quiero alejarme un poco de la actualidad. Pero este libro en particular no me lo compró mi mamá, "Por quien doblan las campanas" me lo regaló mi prima Marta, que tuvo dos hijos y al varón le puso Ernesto, ¿Será coincidencia? Mi prima Marta no tuvo una vida amable, abandonada por su padre,( mi tío materno) criada por su madre sola en esa época, y no muy dedicada. Mi prima Marta tenía sus rayes, un matrimonio de mierda, dos hijos de los que quizá tampoco fue buena madre, ni buena esposa por ahí, ni buena hija, pero fue buena prima, conmigo. No sé si con los demás y la recuerdo con cariño cada tanto, como ahora que abro "Por quien doblan las campanas", otra vez. 

¿Otra vez? El que lee hoy esás paginas, es el mismo que las leyó hace mas de cuarenta años. ¿O soy alguien distinto que lo lee por primera vez? 


Les voy a contar algo que me pasó como ejemplo; Una vez estuve enamorado, (las demás fueron como son las misas, ¿Cómo se dice esa palabra? Un sacramento, en un sacramento uno se pone las ropas, prende las velas, el incienso, hace los gestos, pero es una repetición de algo que con suerte pasó de verdad alguna vez), mi amor fue una historia linda y enfermiza como son los amores inolvidables. Se fue, obvio sino no habría nada que contar estaríamos los dos acá disfrutando un contento canino y echando panza. Se fue, pero volvía, después de un año, y después de otro año y cuando volvía nos matabamos como si ni hubiera girado el mundo en ese tiempo intermedio y perdido. Pero hubo una vez que se sentó enfrente mío en un bar, y no se me movió un pelo. Todo estaba igual pero nada estaba igual, las viejas anécdotas las recordaba pero como si me las hubieran contado, como algo que le pasó a otro tipo. Y ese fue el día del adiós definitivo. No lo sabía pero lo intuí. Fue la última vez que lo ví. 
Y recordé la letra de la canción "...no vuelvas sin razón que yo estaré a un millón de años luz de casa"

Ni malo ni bueno, ni amor ni rencor, ya no estoy donde solías encontrarme. Estoy a un millón de años luz de casa. 

El que lee hoy el mismo libro de la adolescencia no es el mismo, aunque carga con algunos recuerdos. El que esperaba los libros del Círculo de Lectores era un chico, tenía las manos y el alma sin arrugas, y creía en muchas cosas. ¡Las cosas en las que creía! 

 Hoy soy un viejo como Anselmo, un personaje en "Por quien doblan las campanas". 

Sos un viejo que habla demasiado, 

-le dice Pablo el jefe de los partisanos- y no vas a vivir mucho tiempo. 

Soy un viejo -dice Anselmo- que  vivirá hasta que se muera. Y que hará lo que dice que va a hacer.

Yo soy un viejo que piensa demasiado, que vive parecido a lo que piensa, y que que cada vez tengo menos cosas que me ligan a este mundo de mal gusto que hemos creado. 

Mi prima Marta se murió pronto, estaba enferma y lo sabía, tránsitó su enfermedad con una dignidad que espero tener si me toca algo así, había dejado todo organizado para cuando llegara el momento, no quizo molestar a nadie. Estaba todo pago, no hubo funeral, la llevaron al crematorio y cada uno la despidió sólo  en su memoria. 

 Mejor así. La recuerdo riéndose como loca con sus grandes dientes y preguntándome que había soñado para jugarle a la quiniela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario